La más pálida tez que unos ojos hubieran visto jamás.
Su largo y ondulado cabello pelirrojo ondeaba el viento gélido, que al igual que el paisaje helado en el que se encontraba, se extendía a kilómetros.
Sus grandes ojos verdes parecían mirar en lo más profundo de tu ser. Parecían intentar penetrar tu alma.
Labios carnosos pintados de carmín, esperando besar a sus próximas victimas. Un dulce y venenoso beso que los condenaría a sufrir durante tiempo.
Una capa de niebla vestía su cuerpo desnudo, envolviendo cada delicada curva y acariciando cada parte de su peligrosa piel.
Ella se movía por cualquier rincón, por cualquier parte del mundo, sin importar lo mucho que escaparas de ella. Siempre te encontraba y te alejaba, maldiciéndote, de quien amabas.
Construía muros y grietas para que no pasaras, y si alguna vez te lo permitía, ella misma se encargaría de que luego doliera más.
Era manipuladora y engañosa. Te hacía creer que no te haría daño, te hacía pensar que el dolor sería soportable. Creaba espejismos e ilusiones, te acercaba a sus brazos y casi podías sentirle. Te prometía que algún día estarías con él como querías.
Pero en ocasiones, te apuñalaba a traición por el mero hecho de disfrutar causando dolor. Te mostraba que derrotarla sería muy difícil, y lo que más sensato era rendirse.
Y al no hacerlo, te lastimaba más. Mostrándote la realidad ; que estabas sola.
Ella se metía dentro de los corazones de dos personas y los condenaba a no poder estar nunca juntos, pues a ambos les crearía cadenas que les ataran a los lugares a los que pertenecían.
Así era ella y nunca cambiaría. Así era Distancia.